miércoles, 11 de mayo de 2011

BIOGRAFIA DE MIGUEL HERNANDEZ

Miguel Hernández Gilabert nació de Orihuela el domingo 30 de octubre de 1910. Era hijo de Miguel Hernández Sánchez y de Concepción Gilabert Giner (Concheta). El padre era guarda jurado y, sobre todo, se dedicaba a la crianza y pastoreo de ganado. También era tratante de ganado, a través de su hermano Francisco, el tío «Corro», que residía en Barcelona. La madre se ocupaba de la casa. A la familia la apodaban «Visenterre». El matrimonio tuvo siete hijos, de los que sólo sobrevivieron cuatro: Vicente (1906), Elvira (1908), Miguel (1910) y Encarnación (1917). Miguel fue bautizado en la parroquia de El Salvador con los nombres de Miguel Domingo, posiblemente por dos razones, una que nació en domingo y otra es que el cura Domingo Aparicio tenía la costumbre de ponerle su nombre a cuantos bautizaba. En el Registro civil consta en la Sección 1º, Tomo 60, folio 188. Había nacido en calle San Juan, nº 80, otros autores dicen que en el nº 82, y otros en el nº 72.

A los cuatro años se trasladó con la familia a la calle Arriba, (hoy Miguel Hernández), 73. Allí se encuentra ahora su Casa Museo.

Alumno de preescolar, a los cuatro años y medio comienza sus estudios en el colegio privado de “Nuestra Señora de de Monsarrete”,luego su padre consigue que le admitan a los ocho años en las Escuelas del “Ave María”, anexas al Colegio Santo Domingo, antigua Universidad Literaria, de la Compañía de Jesús, bajo la tutela del seglar granadino don Ignacio Gutiérrez Tienda, porque dependía también de los jesuitas para niños pobres. Iba al colegio y también trabajaba en cuidar el ganado junto a su hermano Vicente, aprende a ordeñar y las particularidades de este oficio. A la edad de nueve años se inicia el aprendizaje escolar de Miguel.

El joven Miguel destacó en los estudios por su despierta inteligencia, llamó la atención de los jesuitas, y, como era de su costumbre seleccionar a los niños que creían idóneos para pertenecer a la Orden de Jesús, con trece años le acogieron en el Colegio de Santo Domingo, donde también estudiaba Ramón Sijé, junto a los hijos de las clases acomodadas con una beca para que siguiera la carrera eclesiástica, donde según la tesis doctoral de Odón Betanzos, estudió: Gramática, Aritmética, Geografía y Religión, aunque destacó en Gramática y Religión. Tuvo también un profesor particular y luego en el mismo colegio asistía a las clases gratuitas para obtener el bachiller. En marzo de 1925, a los dos años de haber ingresado en el Colegio, y próximo a cumplir los quince años de edad,su padre lo necesitaba como cabrero y lo puso a trabajar como repartidor de leche. Los jesuitas propusieron al padre ingresar a Miguel en dicha Orden, pero éste no quiso desprenderse de su hijo, quizá para seguir en sus negocios ganaderos, puesto que solamente tenía dos varones para proseguir el negocio, algo que la mentalidad de la época no se consideraba oficio para las mujeres.

A la muerte del tío Francisco, el tío «Corro», hermano del padre, en Barcelona, comenzó Miguel como repartidor de leche. A partir de los catorce años y medio es cuando se dedica activamente al pastoreo. Es por esto que el padre le sacó de Santo Domingo con catorce años y medio, pues lo necesitaba para repartir la leche y para ayudar al pastor del rebaño familiar, que era su hermano mayor Vicente. Pese a todo, él aprovecha sus horas de pastoreo en la sierra para seguir estudiando.

Miguel se convierte en un asiduo visitante de la biblioteca de Luis Almarcha, sacerdote y canónigo de la catedral oriolana, que pone a disposición del joven poeta libros de San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Gabriel y Galán, Zorrilla, Rubén Darío, Paul Verlaine y Virgilio entre otros. A partir de este momento, los libros serán su principal fuente de educación, convirtiéndose en una persona totalmente autodidacta. Los grandes autores del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora, se convertirán en sus principales maestros. Luis Almarcha no sólo es capital en su formación sino también, pero en sentido opuesto, como veremos, en las circunstancias de su muerte.

Es preciso detenernos aquí, para dar cuenta de que en esa época el analfabetismo era del 70 % en la población española, por ello los hijos de los jornaleros no iban a la escuela. Esto lo cambió la II República que consideró la cultura como un bien necesario, y culpó a la Iglesia del retraso de la enseñanza en España. De esta “culpa” ya habían nacido la Institución Libre de Enseñanza, creada en 1876 por un grupo de catedráticos (Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Teodoro Sainz Rueda y Nicolás Salmerón, entre otros), la Escuela Moderna de Ferrer i Guardia, a los que consideraban anarquistas, las Misiones Pedagógicas, las Milicias Culturales en los frentes guerra… Si tenemos en cuanta la situación de los demás niños jornaleros de su entorno social y rural, Miguel fue un niño privilegiado, porque fue a la escuela hasta los quince años, lo que supuso para él, además de su inteligencia innata, unos conocimientos que no estaban al alcance de cualquiera.

En esta etapa también se siente atraído por el teatro. Lee con avidez la colección teatral “La Farsa” y junto con otros amigos forman un grupo teatral. Miguel representa diversos papeles en actuaciones realizadas en la Casa del Pueblo y en el Círculo Católico.

Se ha dudado de su pobreza. Su padre no era un pastor sino un ganadero, que enviaba ganado de casi toda la zona de Orihuela a Barcelona en ferrocarril a su hermano Francisco «Corro». La escolarización de Miguel era algo, sin embargo, a la que no todos los niños de su época podían aspirar. Su padre era un modesto contratante de ganado al que no le iban mal los negocios. El mito del poeta cabrero le vino muy bien en sus viajes a la Corte. El primero en alentar este mito fue José María Ballesteros en un artículo titulado «Pastores poetas». Este aspecto de campesino y de niño maltratado, humilde pastor con su morena tez de hombre de campo, puro y verdadero, conferían más mérito a su labor, si cabe, a sus inicios poéticos, no exentos de calidad y elaboración, bajo la dirección de Ramón Sijé y sus amigos de Orihuela, católicos practicantes y con la fructífera lectura de los clásicos españoles y otros libros religiosos. No obstante, pretendió mostrarse bajo el halo de «la bendición de los dioses, homéridas y musas». Se le conocía como una persona risueña y sencilla, de ojos saltones y vivos, su amigo Efrén Fenoll le llamó: «el ángel de la poesía».

Llegados a este punto, debemos aclarar algunos aspectos de la relación de Miguel Hernández con su familia. Quizá las circunstancias de su muerte y el silencio a que se vieron sometidas su vida y gran parte de su obra durante los nefastos años del régimen totalitaro franquista han creado una figura casi mítica que no siempre se corresponde con la verdad histórica. Esto es natural, puesto que sirvió de contrapeso a ese duro silencio. Pero el mito, que no necesita la gran persona ni el gran poeta que fue, se rodea de adornos que pueden conllevar menosprecio hacia otras personas. Recientemente, su sobrina-nieta Mar Campelo matiza algunas de estas facetas de su vida familiar

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